Sistema agrícola biointensivo y silvopastoril en el resguardo indígena Coconuco
La familia paterna de Maytik, mi pareja y compañera de camino, proviene del resguardo indígena de Coconuco, lugar de mágicas montañas en las faldas del volcán Puracé, en el departamento del Cauca. Estuve allí por pirmera vez hace exactamente un año, conociendo a muchos miembros de la familia Avirama, antiguos habitantes de esta cordillera, y caminando largo trayectos entre veredas de casas sencillas, algunas muy viejas, potreros, quebradas y un bosque de niebla asombroso.
El resguardo entero resulta ser un paisaje increíble de montañas que descienden del páramo nublado, y se parcelan en distintos tonos de verde, que dan hogar a varias agrupaciones de ganado lechero. Es precisamente ordeñar vacas a lo que la mayoría de las familias del resguardo se dedican. Viven de sus vacas, que viven de los pastos. La leche es llevada por un camión lechero a Popayán, ciudad capital del Cauca, a una hora en dirección del norte.
La actividad productiva y económica principal de un gran número de familias del resguardo consiste en administrar su vacas, ordeñarlas dos veces al día, y vender a un muy bajo precio, día tras día, la leche que recogen. Una familia usualmente posee 4 o 5 vacas, y algunos terneros o terneras, que pastan en potreros lejanos, incluso a varias horas de camino. Los pastos de potreros cercanos a la casa ya no tienen buenos suelos, y la escasez y deterioro acelerado de los pastos ha llevado a las personas a subir al ganado cada vez más cerca de los páramos. La venta de la leche es poco rentable, y alcanza para los gastos básicos de la familia, como el mercado, y una parte importante se reinvierte en insumos para las vacas como concentrado, sal, melaza, vacunas o antibióticos.
Algo que no dejo de inquietarme fue la ausencia de huertas en la mayoría de las casas. La historia de este resguardo es particularmente interesante, pues en los años 70 justo allí se gestó un importante movimiento indígena con el propósito de recuperar la propiedad de sus tierras (que les habían sido reconocidas en la colonia, y desconocidas a partir de la independencia de la república). Durante siglos estas familias indígenas se vieron obligadas a trabajar en calidad de jornaleros para los grandes latifundistas, agrupadas en tierras insuficientes para sembrar lo necesario para su auto-abastecimiento. En 1974 se levantaron finalmente, desobedeciendo los linderos y las alambradas para cruzar a tierra de los terratenientes. Hombres, mujeres y niños armados de azadones, como un ejército agricultor, perseveraron en el acto de sembrar su derecho a la tierra. Durante dos años mantuvieron esta estrategia, logrando una alta organización y movilización de personas que les permitió resistir a la ofensiva represiva de los hacendados, la iglesia y la policía, e instaurar un dominio territorial resignificativo para su comunidad y cultura ancestral. En la región entera otros pueblos indígenas llevaron a cabo acciones similares, recogiendo sus esfuerzos de resistencia en un movimiento fundamental para el desarrollo de las organizaciones indígenas colombianas, el CRIC (Consejo Regional Indígena del Cauca). El fortalecimiento del control territorial autónomo fue incrementando con los años, y replicándose en muchos lugares del país, hasta que finalmente en la Constitución de Colombia de 1991 se reconocieron nuevamente los resguardos indígenas.
Al estar allí, presenciando los caminos, las casas y las montañas donde esta inspiradora anécdota en la historia contemporánea de de los pueblos indígenas de Colombia tuvo lugar, me resulto verdaderamente extraño percibir la ausencia de agricultura local. La siembra a escala mediana o grande se limitaba a las plantaciones de fresa y ocasionalmente papa. Algunas pocas huertas estaban provistas de no muchas plantas aromáticas, cebollas, ajos y calabazas. Pero en general casi no vi nada de hortalizas, otros tubérculos, maíz, quinoa o frijol. Me impacto precisamente por conocer la historia de la recuperación de tierras, absoluto orgullo local de su historia como comunidad en los últimos años, y entender que todo aquel movimiento se basó en el cultivo colectivo de la tierra, pero enfrentarme a un panórama poco productivo, que además está siendo depredado por un sistema complicado, y cada día menos rentable, de manejo de potreros para ganado lechero. A partir de esta reflexión, y compartiendo nuestras observaciones con otros amigos, nació la idea original de este proyecto: compartir con la familia de Maytik (primero, y luego con otras), habitante de la vereda Pizanrrabó, estrategias agrícolas innovadoras para la reestructuración de su soberanía alimentaria.
Este proyecto ambiciona el diseño e implementación de un sistema integrado de huertas biointensivas y zonas de silvopastoreo para ganado lechero, en algunas pocas tierras de esta vereda. La estrategia general apunta a promover la diversificación de especies vegetales por potrero/huerta, que contribuyan a la creación, cubrimiento y enriquecimiento progresivo de los suelos. Además busca generar en las generaciones más jóvenes un interés importante por las prácticas productivas sustentables que puedan proteger los ecosistemas de su resguardo y asegurar el bienestar y la autonomía productiva de su comunidad.
Este es un proyecto de mayor escala temporal, pensado para realizar en varias fases a lo largo de muy posiblemente más de un año, principalmente por que involucra la participación de varios representantes de familias locales, y una gradual transformación de la forma en la que utilizan su territorio para la siembra y el auto-abastecimiento de alimentos y la ganadería lechera.
Equipo de trabajo
El equipo de trabajo para este proyecto somos un grupo de amigos nativos de la ciudad pero con clara inclinación a la vida rural y a observación y experimentación con la agricultura. Hemos reconocido simultáneamente que ofrecer nuestros conocimientos y experiencia a una comunidad que pueda beneficiarse de ellos es un proyecto digno de llevarse a cabo con el mayor ímpetu. También resulta muy emocionante intentar trazar un puente entre corrientes de pensamiento distintas (cosmovisión indígena y permacultura/regeneración) pero convergentes entorno al cuidado de la tierra y las relaciones humanas. El equipo es:
- Felipe Medina (La Minga, Choachí) Padre, gestor de ecología profunda y liderazgo participativo, ..
- María Alejandra Camargo (La Minga, Choachí) Madre, ecóloga, médica natural empírica
- Mateo Sánchez (Cota) Agricultor biointensivo
- Marine Merciuex (Francia) Agricultora biointensiva
- Maytik Avirama (Bogotá) Ecóloga humana, paisajista sonora,
-y yo
y en Coconuco:
- Jorge Avirama, jornalero, lechero, abuelo
- Franca Avirama, agricultora, abuela
- Maribel, lechera, agricultora
- Freddy Avirama, jornalero, lechero
Metas del proyecto y vinculación con Gaia U
Los retos de este proyecto que quiero vincular con Gaia U son:
a) Investigación a profundidad acerca de sistemas silvopastoriles regenerativos
b) diseño de un sistema integrado de huerta biointensiva/zonas de silvopastoreo a escala familiar
c) planeación logística, estrategia de financiación y documentación de la implementación de los diseños, a lo largo de visitas y mingas periódicas durante un período de un año
d) escritura de una crónica simple del proyecto, contextualizado en la historia agraria y política de la región y del país.